Porque un hombre inteligente del siglo XIX debe, y está
obligado moralmente, ser un sujeto fundamentalmente sin carácter; puesto que un
hombre con carácter, es decir, toda una personalidad, es una criatura limitada
por excelencia.
A propósito: ¿de qué puede hablar un hombre decente? La
respuesta: de sí mismo.
Tener exceso de conciencia es una enfermedad; una enfermedad
real y completa.
¿Acaso un hombre que tenga conciencia puede respetarse a sí
mismo?
El fruto directo, legítimo e inmediato de la conciencia es
la inercia, es decir, el no hacer nada a conciencia.
Toda la gente espontánea y activa, es activa porque es
estúpida y limitada.
La única finalidad de cualquier hombre inteligente consiste
en la charlatanería, o sea en el premeditado hablar por hablar.
La civilización ablanda al hombre, y por consiguiente, lo
vuelve menos sanguinario y belicoso.
El hombre únicamente necesita de una voluntad autónoma.
El día en que la voluntad esté completamente confabulada con
la razón, será cuando razonaremos y ya no desearemos, pues resultará imposible
desear algo que no tenga sentido para la razón, teniendo en cuenta que no
podremos proceder contrariamente a ella deseando algo malo para uno mismo.
Verán: la razón es indudablemente algo excelente, pero la
razón es únicamente razón, y sólo satisface las cualidades racionales del
hombre, mientras que la voluntad viene a ser manifestación de la vida entera la
voluntad, a menudo, y en la mayoría de los casos, está en total y directo
desacuerdo con la razón.
La falta de cordura viene a causa de la ausencia del sentido
moral.
La escritura es algo que realmente se parece a un trabajo.
Dicen que a base de trabajar, el hombre se va haciendo más bondadoso y honrado.
Un hombre honesto e instruido no puede ser vanidoso sin
albergar a veces una infinita exigencia hacia su persona y sin menospreciarse
en algunas ocasiones hasta el límite de llegar a odiarse a sí mismo.
Todo hombre honesto de nuestro tiempo es, y debe ser, un
servil y un cobarde. Ésta es una condición normal.
Un hombre corriente se avergonzaba de ensuciarse, al héroe
se le permitía hacerlo, porque estaba por encima de eso.
Teniendo amor, se puede vivir incluso sin felicidad. ¡Hasta en
la pena resulta la vida bella, viviéndola como se viva!
El amor es un secreto sagrado y debe permanecer oculto ante los
demás, ocurra allí lo que ocurra.
Comprendió exactamente aquello que comprenden las mujeres que
aman sinceramente; comprendió que yo era un hombre muy desdichado.
Ni en mis sueños de subsuelo me había imaginado nunca el
amor sino como una lucha; comenzaba siempre por el odio y finalizaba con la
dominación moral, sin que nunca llegara a saber lo que se debía de hacer
después con el objeto dominado.
Solo en el amor encuentra una mujer la redención completa,
así como la salvación de cualquier tipo de mal y su total resurrección, puesto
que el amor no puede manifestarse más que de ese modo.
¡Si en realidad la ofensa es una purificación! —me decía—.
¡Es la conciencia más mordaz y dolorosa!
Hasta tal punto estamos desligados de la vida, que hasta
sentimos aversión hacia la auténtica «vida viva» y no soportamos qué nadie nos
la recuerde. Hemos llegado al extremo de tomarla por un trabajo, como si de un
servicio se tratara, y en nuestro fuero interno nos persuadimos de que es mucho
mejor vivir conforme a los libros.
Toman por cordura su propia cobardía y se tranquilizan
engañándose a sí mismos.
Hemos nacido muertos y hace tiempo que ya no procedemos de padres
vivos, cosa que nos agrada cada vez más.
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