El pueblo tiene siempre algún
campeón, a quien enaltece por encima de todo... Ésta y no otra es la raíz de la
que nace un tirano; al principio es un protector.
No todos nacimos libres e
iguales, como dice la Constitución, sino todos hechos iguales. Cada hombre, la
imagen de cualquier otro. Entonces todos son felices, porque no pueden
establecerse diferencias ni comparaciones desfavorables.
Un libro es un arma cargada en
la casa de al lado.
La herencia y el medio
ambiente hogareño puede deshacer mucho de lo que se inculca en el
colegio.
Si no quieres que un hombre se
sienta políticamente desgraciado, no le enseñes dos aspectos de una misma
cuestión, para preocuparle; enséñale sólo uno o, mejor aún, no le des
ninguno.
La magia sólo está en lo que dicen
los libros, en cómo unían los diversos aspectos del Universo hasta formar un
conjunto para nosotros.
Eso es lo bueno de estar
moribundo. Cuando no se tiene nada que perder, pueden correrse todos los
riesgos.
Los que no construyen deben
destruir. Es algo tan viejo como la Historia y la delincuencia juvenil.
Los viejos que se quedan en
casa, cuidando sus delicados huesos, no tienen derecho a criticar.
Todos somos ovejas que alguna
vez se han extraviado.
Cuando compruebas las
consecuencias, ya es demasiado tarde.
¿Qué es el fuego? Un misterio.
Los científicos hablan mucho de fricción y de moléculas. Pero en realidad no lo
saben. Su verdadera belleza es que destruye responsabilidad y consecuencias. Si
un problema se hace excesivamente pesado, al fuego con él.
Dale unos cuantos versos a un
hombre y se creerá que es el Señor de la Creación.
El sol ardía a diario. Quemaba
el Tiempo. El mundo corría en círculos, girando sobre su eje, y el tiempo se
ocupaba en quemar los años y a la gente, sin ninguna ayuda por su parte. De
modo que si él quemaba cosas con los bomberos y el sol quemaba el Tiempo, ello
significaría que todo había de arder.
Esto es lo maravilloso del
hombre: nunca se desalienta o disgusta lo suficiente para abandonar algo que
debe hacer, porque sabe que es importante y que merece la pena serlo.
Cuando muere, todo el mundo
debe dejar algo detrás, decía mi abuelo. Un hijo, un libro, un cuadro, una
casa, una pared levantada o un par de zapatos. O un jardín plantado. Algo que
tu mano tocará de un modo especial, de modo que tu alma tenga algún sitio a
donde ir cuando tú mueras, y cuando la gente mire ese árbol, o esa flor, que
tú plan- taste, tú estarás allí.
Comentarios
Publicar un comentario