Nuestro Señor Jesús es color de azucena, pero su sangre es
bermeja.
El fin de todas las cosas santas radica en la alegría.
Nuestro Señor está aquí, en esta espina enrojecida, y en mi
boca, y en mi pobre palabra. Porque pienso en él y su sepulcro está en mi
pensamiento. Amén.
Las sombras comen el sueño y beben el olvido.
He aquí el mar devorador que parece inocente y azul. Sus pliegues son suaves y esta orlando de blanco, como su ropaje divino. Es un cielo líquido y están vivos sus astros.
La extrema vejez instruye al orgullo e ilumina a la religión.
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