El pasado
es una ola enorme
que, si te detienes a verla,
te aplastará con toda su
fuerza.
Francisco Félix Durán
En su libro “Sobre la muerte y los moribundos” de 1969, la psicóloga Elizabeth Kubler-Ross planteó las cinco fases del duelo, en las que explica la manera en que las personas se sienten en distintos momentos del luto y la forma en que lo afrontan. A su vez, el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, define el luto como “signo exterior de pena y duelo en ropas, adornos y otros objetos, por la muerte de una persona”.
Tras soñar lo anterior, un hombre se despierta una mañana y ve la luz en
forma de algo que no alcanza a definir. Ante ello, decide la calma de quien
espera y, sobre todo, deduce la certeza de lo inevitable. Por su parte la luz,
que no se disuelve ni se coagula, se expande como una señal que habrá de
construir otras realidades, otras luces, quizá.
Toma papel y lápiz y se dispone a enfrentar la muerte (ese concepto tan
poliédrico y desconcertante, tan humano), aun sabiendo que es una batalla
estéril: la muerte es el caballo ciego de un dios rencoroso.
Aquí el acierto de El coronel Tek: decidir hablar de la muerte no es una
elección que se haga a la ligera. El tema es recurrente en la literatura de
todas las épocas y, particularmente en México, es un tema toral. Baste recordar
la puntualidad con que Jaime Labastida analiza en su libro “El amor, el sueño y
la muerte en la poesía mexicana” (editorial Siglo XXI); tres de los poemas
imprescindibles de nuestra producción literaria.
Sin embargo, en El coronel Tek, Francisco Félix, se acerca a la muerte
desde su propia noción de finitud, de impermanencia personal. Le duele, pero
más allá de ello, trata de comprender el porqué de la vida como algo
transitorio; la sensación de vacío tras la pérdida, los vendavales que se
desatan en quien se queda. Cito:
“¿Cuánto dura la lluvia
si la llevas en tus ojos?”.
Aunado a ello, el poeta plantea el absurdo como delimitación de lo
evidente, cito: “Para qué reconocer el cuerpo si veo su sombra iluminada
despidiéndose desde el pasillo”.
En el libro, la brevedad es una constante, como si cada poema que
conforma el corpus, fuera una gota que cae hacia ninguna parte y se estrella en
quien lee o quizá en quien escribe, o quizá en quien se despide.
Esta brevedad, que bien podría ser alegoría de la vida, permite al autor
explayarse sin excederse y, al mismo tiempo, convierte el libro en un texto que
se lee con liviandad y que, de alguna manera, también hace evidente que todo,
siempre, pasa como el viento en el texto que cierra el libro.
A ustedes, quienes leen, les digo: lean El coronel Tek, el primer libro
de Paco y el inicio de un camino que, espero, sea muy largo.
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