I
La
mañana que Tadeo nació, lo hizo con los ojos abiertos y sin derramar una sola
lagrima. Isabel se sintió angustiada al escuchar solo el murmullo de los médicos
y no el llanto de su bebé, así que sollozando pidió verlo. En tanto el
ginecólogo colocaba al niño entre sus brazos, le explicaba que no todos lloran y
que su estado de salud era perfecto. Nació el 28 de octubre, el mismo día en
que se venera al Patrono de las Causas Difíciles y Desesperadas, por lo que decidió
ponerle el mismo nombre.
Los
hijos son una bendición, dicen todos en México. Pero para César, las incógnitas
que moraban en su cabeza no dejaban espacio para los milagros. Con Tadeo en
brazos, recibiendo palmadas de felicitación en la espalda que parecían
empujones disimulados a un abismo, se hacía muchas preguntas. ¿Por qué no cierra
sus ojos? ¿Por qué no llora? ¿Por qué es tan blanco? ¿Cómo pagaré la cuenta de
la clínica? Él, trabajaba en un restaurante transnacional de comida rápida haciendo
hamburguesas e Isabel, laboraba en el Ayuntamiento como secretaria. El sueldo
de ambos, apenas les alcanzaba para pagar la renta del cuarto en donde vivían y
medio comer. No cenaban con el pretexto de mantenerse en línea, pero durante el
embarazo los antojos de medianoche nunca faltaron.
En
la habitación 27 de la Clínica Santa Eulalia, César le entregó el bebé a su
esposa recién salida del quirófano y se marchó sin decir nada. Había ido en
busca de su amigo Mariano, quien le prestaría el dinero para pagar la cesárea a
cambio de un favor. Al encontrarse, en un sobre se le entregó 30 mil pesos, no
sin antes recibir una reprimenda por haber tenido a su hijo en una clínica y no
en el seguro popular.
—¡Ese
mi César! ¿Por qué serán los pobres tan imprudentes? —cuestionó Mariano con una
sonrisa y dándole unas palmadas en la espalda—. Esta lana me la pagas cuando
puedas y si quieres ganar más de lo que te estoy prestando, me dices, solo
tienes que llevar unos paquetes de México a Guatemala.
César
agradeció y se marchó con el dinero en un sobre, lo hizo sin pensar en la
propuesta. Su única preocupación era llegar y pagar, para que su mujer fuera
dada de alta y no les cobrarán un día más de hospitalización. Mientras viajaba
en el taxi, pensaba que había sido humillado, pero la necesidad le hizo callar
y agradecer. Recordó que por eso no le gustaban los perros, son los únicos
animales que puedes patear y acariciar sin que te dejen de mover la cola. Esa
tarde, César se sintió como un perro.
II
Ser
padre no es fácil, descubrió César. Asimismo, se había percatado de dos cosas:
La primera era que había perdido a su mujer para siempre, su mirada ahora
orbitaba en torno a su hijo, quien ya había cerrado los ojos. Los parpados de Tadeo
habían descubierto la gravedad en su luna particular. La segunda, es que un
bebé es muy costoso. Entre formulas deslactosadas, pañales, ropa y visitas
obligadas al pediatra, dio gracias al cielo por haber pedido prestados cinco
mil pesos extras de la cuenta del hospital. Situación que le sería imposible
sostener con los tres mil pesos que gana al mes.
Concluidas
las seis semanas de incapacidad tras el parto de Isabel, ella había tomado una
decisión que cambiaría la historia de su familia. Al llegar su marido a casa
con una “Cajita Feliz”, le anunció que ya no trabajaría, porque le resultaba
imposible separarse de Tadeo. Noticia que fue como un aguijón en la sien del
recién llegado, pero este no reprochó el acto que traería graves consecuencias
económicas, ya que ella ganaba el doble de salario que él.
—No
te preocupes, saldremos adelante —expresó César con un suspiro, y titubeó al
decir— después de todo este niño es una bendición ¿verdad?
III
Tadeo
había cumplido ocho meses y la cotidianidad habitaba su hogar. Todas las
mañanas Isabel le daba baños de sol para broncearlo y para que produjera
vitamina D, ella y su familia creían que se había pasado de blanco. Incluso, los
abuelos maternos le compraban vitaminas con el propósito de quitarle lo pálido.
En
la madrugada, César se puso a pensar en lo positivo y negativo de ser padre. Le
gustaba que Isabel fuera feliz, desde que ella vio por primera vez a Tadeo,
sonreía con la mirada y sus pestañas se convirtieron en atalayas. Lo que no le
parecía, era que el niño jamás llorase ni siquiera para pedir alimento. Tampoco
le agradaba que ya no existía intimidad entre él y su mujer. Siempre ha amado
su figura blanca de espaldas, esa imagen para él era un óleo que retoca cada
vez que eyacula sobre sus caderas y la única vez que no lo hizo así, se
embarazaron. Pero lo que más le molestaba, era el bullying que
recibía cuando salía con su hijo. Todos le llamaban güero a Tadeo, pero amigos
y conocidos le gritaban a César «¡Sancho!» o «¡Dónde te lo robaste!». Así llegó
el crepúsculo, besó a su niño y decidió que ya era tiempo de olvidarse del
insomnio, visitaría a Mariano.
IV
—Iniciamos
mañana —Dijo Mariano entregándole sus viáticos a César—. No la vayas a cagar
por favor, seguro y sin miedo porque los perros huelen la marihuana, pero los
puercos y los guachos pueden ver el miedo.
A
las cinco de la mañana, partió hacía la Ciudad de México en una línea de
autobuses usadas por comerciantes para ir y venir el mismo día a bajo costo. En
su maleta llevaba 160 mil pesos, para comprar 20 kilogramos de kush. Estaría en contacto con Mariano y
hablarían de litros, por si la policía los monitoreaba.
Al
llegar a su destino, se dirigió a una dirección en Coapa. Esperaba encontrar
gente armada resguardando el lugar y un hombre rodeado de mujeres como en las
películas, pero no fue así. En el domicilio vivía una familia: papá, mamá y dos
hijos varones. Al entrar, la madre y sus pequeños salieron a pasear. Se quedó a
solas con Esteban y le entregó el dinero, juntos comenzaron a pesar el
cargamento. Cada dos kilos y medio se embalaban y se cubrían con grasa de
carro. Posteriormente, eran forrados con papel carbón y metidos en carcasas de
computadora, que eran llevadas a alguna empresa de paquetería para enviar los
ocho CPUs a Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
Una
vez hecho el envío, se dirigieron a la terminal de Autobuses. Esteban le contó
a César, que durante el día trabajaba en un Uber y durante la noche era DJ.
Afirmaba que ambos trabajos serían su mejor coartada si algún día lo
necesitaba. Así su esposa se dedicaba solo a sus hijos, dándoles una buena
educación y ya pertenecían al Nido Águila, le presumió. A las 19:00 horas,
abordó el mismo camión en que partió y vio los mismos rostros de la mañana.
Todo esto es muy fácil pensó.
Al
llegar a Tuxtla todavía no amanecía, se dirigió a su casa y cargó a Tadeo con
mucho cuidado para no despertarlo. Isabel, se sintió feliz al ver esa imagen y
para César, nada se comparaba con verla sonreír. Él, colocó al niño en la cama y
puso almohadas a su alrededor. Tomó a su mujer de la mano, la puso en pie y le
levantó el camisón, no traía nada debajo y contra la pared le hizo el amor por
cada mes que le debía.
Por
la tarde, fue a recoger la paquetería. Todo había llegado sin novedad. Tomó un
taxi y se dirigió a casa de Mariano. Ahí, repitieron el proceso, pesar, embalar,
engrasar y forrar con papel carbón. Pero ahora, todo fue metido en cuatro mochilas
de viaje. Esa noche, ambos se fueron de fiesta y no llegó a dormir a su casa.
Se había inventado un trabajo en gobierno y las comisiones estaban a la orden
del día.
Por
la mañana y con una reseca que hace punzar la cabeza como si fuera una bomba de
tiempo. César bebió una cerveza, vomitó y se sintió mejor. Se dirigió a San
Cristóbal de las Casas y compró un paquete turístico a Guatemala. La
recomendación era llevar la credencial de elector a la mano, en ese país no
piden pasaporte a los mexicanos. Entró por La Mesilla y al ser detenidos por
migración para una inspección, al entregar el INE añadió 200 quetzales. Así
descubrió que Mariano tenía razón, ese era el monto exacto para no ser
revisado.
Una
Van lo llevó a la mesilla y otra a la Zona Dos de Guatemala. Ahí, fue recibido
por tres sujetos, quienes lo llevaron a un negocio de helados. «Todo está en orden», le dijeron. Entonces
César liberó el aire que guardaba para su último grito. Inmediatamente, fue
trasladado a la Sexta Avenida de la Zona Uno. En ese lugar todo era una fiesta,
fueron de bar en bar y le obsequiaron una mujer que se llevó a su hotel. Todo
era perfecto, nada podía salir mal y los anfitriones eran mucho mejores que los
de la Ciudad de México.
Al
mediodía, los tres sujetos ya estaban tocando la puerta de la habitación en
donde se hospedaba. Se asomó y pidió un momento para despedir correctamente a
la chica con quien despertó, aún le sobraba un preservativo.
—Ok
mexicano, aquí están los 30 mil dólares que acordamos con tu jefe —dijo uno de
los sujetos—. Y aquí hay 720 dólares para ti.
—¿Y
esto es parte de mi pago o cómo funciona?
—exclamó sorprendido.
—Es
de nuestra parte, por cada kilo te daremos 36 dólares y no le vayas a decir a
tu patrón porque capaz te lo descuentan —le susurró palmeándole la espalda.
Para
regresar a la capital chiapaneca, nuevamente contrató un paquete turístico y
viajo con una sola mochila. En el retén militar entre La Trinitaria y Comitán,
solo le pidieron su identificación. Los soldados se enfocaron más en los
migrantes que cruzaban de manera ilegal. Durante el viaje, estuvo fantaseando
con que algún día grabarían una narcoserie que narraría sus inicios. «Así
comenzó El Mexicano», soñaba César. Al llegar a Tuxtla, entregó el dinero y el
recibió dos mil dólares. Mariano le expresó que ya estaba dentro, ganaría 100 por
cada kilo que entregase.
V
La
vida había cambiado para nuestros protagonistas. Después de un año de la
primera entrega, cada 15 días se repetía la operación. Ella ya no cocinaba,
siempre comían en restaurantes o mandaban a pedir alimentos. Compraban ropa de
marca y Tadeo tenía todos los juguetes que aparecían en los comerciales
televisivos. Ahora, ya vivían en una casa y habían puesto un minisplit en cada una de las
habitaciones.
Una
mañana, César despertó convencido de que Tadeo no lloraba porque alguien le
había hecho brujería. Se había vuelto creyente de la Santa Muerte y antes de
cada viaje, visitaba a un brujo que curaba con ella. El espíritu de la Niña
Blanca, le había dicho que su mala suerte se debía a las envidias. Todos
estaban celosos de la mujer que poseía y él lo entendía, nunca comprendió cómo
Isabel le hizo caso y por qué decidió quedarse a su lado. Pero eso no era todo,
ahora todos envidiaban su nuevo estilo de vida y él estaba convencido que, si
la gente no prosperaba era por falta de huevos.
Ese
mismo día, llevaron a su hijo con el brujo. Este, les dijo que el niño necesitaba
ser curado de espanto y le pasó por todo el cuerpo un huevo de ganso, que
previamente había sido remojado en albahaca y aguardiente. Al finalizar, le
pidió a la mamá que pusiera un poco de alcohol en su boca y lo soplara en la
espalda del niño, en tanto su padre gritaba su nombre y en la tercera
exclamación, por fin lloró.
VI
Tadeo
había cumplido tres años y ahora lloraba por todo, para pedir, para quejarse,
para molestar, o al menos eso era lo que pensaba su papá. Ya sabía decir “mamá”
y era lo único que repetía, Isabel volaba de un lado a otro solo con escucharlo
y César prefería no estar en casa. Cuando no había comisión, aprovechaba para
salir de juerga con sus amigos y de vez en cuando, se escapaba con mujeres que
conocía en las fiestas. Él invitaba a todas y todos, cosa que al parecer no le
preocupaba a su mujer. En ocasiones, recordaba a su padre cuando regresaba
borracho a casa, si su madre le reprochaba su estado, este le arrojaba billetes
a la cara y se iba a dormir. Ella, en silencio recogía el dinero con una
sonrisa al revés. Entonces pensaba en Isabel, pero la percibía como alguien a
quien callar con dinero, sino como a una mamá que finge no darse cuenta de las
travesuras que realiza su hijo, de hecho, jamás le preguntó específicamente de
qué trabajaba y por qué ganaba tanto.
VII
En
Coapa, un sujeto desconocido abrió la puerta. César entró y en el cuarto en
donde se guardaba y pesaba la kush, se
encontraba Esteban sangrando de la nariz, boca y frente. Tenía los ojos
cerrados por los golpes y sintió miedo, quedando mudo cuando le pusieron una
pistola en la cabeza. Había cuatro personas, una de ellas con una AR-15 y las
otras tres con nueve milímetros. Ellos sí eran como los tipos que imaginó en su
primer viaje. Le dieron dos cachazos, dejándole sordo. Estaba desconectado y no
entendía lo que pasaba, se tiró al suelo y solo esperó.
La
esposa de Esteban, le levantó y curó. Los sujetos ya se habían marchado y el
dueño de la casa actuaba como si nada hubiese pasado, pareciera fuera algo
cotidiano para él. Explicó, que estos tipos traen la marihuana a la Ciudad de
México desde Guadalajara, para que sea distribuida en el centro y parte del sur
del país. Pero faltaba el dinero de algunos kilos que físicamente no estaban y
eso los puso de malas.
—Con
lo que me trajiste les repuse algo —dijo Esteban con los ojos ligeramente
sonriendo—. No tengas miedo, así es este pedo.
—¡Aja!
—expresó con la mirada perdida y la lengua hundida.
—Vete
con cuidado bro, nos vemos en 15 días
—se despidió palmeándole la espalda.
Toda
la vida, nuestro protagonista había pensado que las palmaditas en la espalda,
en realidad son una advertencia y hay que estar alerta. Su papá se las daba
cuando despertaba con la resaca. Su madre también lo hacía cuando con el dinero
que recogía le compraba dulces y con una palmada le decía que todo estaba bien.
Durante
su viaje, en la ruta de siempre, meditaba en qué haría Isabel sin él. No tenía
ahorros, no tenía un seguro, no había una herencia, ni un patrimonio. Lo único
que tendría al final, serían una serie de palmadas de conmiseración en la
espalda. Así que, una vez realizadas todas las transacciones, regresó a
Chiapas, pero no se reportó en Tuxtla.
VIII
En
Tapachula, Isabel y César decidieron hacer una nueva vida. Poseían 30 mil 720
dólares del último viaje. Una buena suma para un nuevo comienzo, de no ser
porque solo se pueden cambiar mil 500 por mes. No podían abrir una cuenta y depositar,
ya que llamarían la atención. Así que vivieron gastando lo menos posible, con
el deseo de que todo fuese olvidado, confiado en que se cansarían de buscarlo.
Así
pasaron seis meses y el único pendiente que tenían, era que Tadeo hablara. Para
entonces ya decía “sí” y “no”, situación agotadora al momento de ver algún
programa en streaming. Repasaban todo
el catalogo escuchando un «no, no, no, no», hasta que el niño decía «¡sí!». En
tanto él se distraía viendo toda la saga de “Toys Story” una y otra vez, sus
padres aprovechaban para abrasarse o escaparse al baño. Todo era como cuando
inició.
César,
siempre procuraba no salir de casa y nunca se asomaba a la ventana, desconectó
sus redes sociales y dejó de usar el celular. «Todo es cuestión de tiempo», se
repetía una y otra vez. Hasta que una tarde, Isabel no regresó de hacer la
despensa. Él no sabía lo que había pasado, pero lo podía imaginar. Quizás lo
encontraron y se vengaron quitándole lo que más amaba, pero por otro lado
reconocía que en México las mujeres desaparecen todo el tiempo. En realidad,
César se consolaba pensando que su amada estaba muerta, se negaba a pensar
cualquier otra situación posible a sabiendas de la belleza de su mujer.
Pasó
el tiempo y el cuarto en donde vivía se sentía tan grande. El llanto de Tadeo
hacía eco en la habitación, pero Isabel no volaba hacía él. La soledad es algo
que también se vive en compañía.
IX
Tadeo
despertó a su padre con palmadas en el rostro. Sus parpados parecían dos lagos
que desaparecieron al abrir sus ojos. El ardor lo hizo enfadar y con el ceño
fruncido, dirigió la mirada a su hijo y ahí estaba ella, orbitando entre sus
largas pestañas. Ahora entendía, porque el día de Isabel iniciaba cuando su
hijo sonreía. Esa mañana, lo tomó en brazos y se dirigieron a San Cristóbal de
las Casas.
César
recordó que cuando huyeron a Tapachula, hicieron una escala con el brujo que
frecuentaba para brindarles protección y hacer hablar al niño. Aún le daban
nauseas, rememorar el gallo negro que pasaron por todo el cuerpo de Tadeo,
colocándolo finalmente sobre su garganta para ser degollado. El curandero a
sabiendas que no se volverían a ver, les dijo que, si el niño no hablaba
después de la limpia que le hicieron, deberían de llevarlo con San Ramón a que
le abrieran la boca.
Al
llegar a San Cristóbal, se dirigieron a la Parroquia de San Ramón Nonato.
Durante la misa, César con su hijo en brazos sentía que se ahogaba, bajarlo era
soltar el llanto, así que se aferró a él. Al término de la ceremonia, le llevó
el niño al Sacerdote y este colocó una llave dentro de su boca que giró en el
sentido de las manecillas del reloj. Hizo una oración inaudible y a ambos les
dio un baño de agua bendita, que Tadeo se relamía, le llamaba la atención que
era color rosa.
Caminando
por los andadores de la ciudad, César hablaba con su mujer. Al pasar frente a
una chocolatería, decidió entrar para beber algo y comprarle algunas golosinas
a su hijo. Había unos chocolates redondos y azules que brillaban en los ojos de
Tadeo, por lo que le compró tres. Después de comer el primero, dijo gracias.
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