Leé mi participación en el libro "La Crónica en Chiapas, una perspectiva del Siglo XX": Los supuestos / Francisco Félix Durán
Buscando un par de
libros, la colección de Los Reyes Malditos de Maurice Druon para ser precisos,
decidí abrir un escritorio que no tocaba desde el fallecimiento de mi padre, y
hallé una onza de plata. Esta moneda de colección y con la imagen del Ángel de la
Independencia, me la gané en los “raspaditos” de la Cruz Roja, cuando iba en segundo
grado de primaria, allá por 1992 en Naucalpan, Estado de México.
Teniendo la onza de
plata en mis manos, recordé algunas cosas. Por ejemplo, que se la obsequié a mi
padre y que él la usó como llavero hasta el día en que se retiró del ejército mexicano
en el 2007, en Tamaulipas. Desde entonces aparecía por aquí y por allá sin
llave alguna, sin saber que una década después abriría por si sola la cerradura
de un sollozo apresado. Esa moneda ahora es parte de las cosas que más atesoro,
al igual que los libros que dejó con sus anotaciones y una figura prehispánica que
desenterró en Simojovel, Chiapas.
Por ello, esta crónica
trata de mi breve instancia en Simojovel y de cómo la tierra devuelve lo que ella
desea y no lo que se espera.
En junio del año 2000
regresé a Chiapas a presentar mi examen de admisión al COBACH 01. Mi madre y
hermanas se habían quedado en México y yo pasaría unos días con mi papá, quien
era comandante de una base militar en Simojovel. Un soldado que apodaban Arres,
pasó por mí a Tuxtla Gutiérrez para llevarme con él. Me extrañó que el viaje lo
hiciéramos en camión y no en un vehículo particular, pero con todas las curvas que
existen para llegar a la tierra del ámbar iba más preocupado por no vomitar que
por mi comodidad. Descendimos del transporte en una capillita de la Virgen de Guadalupe
que está a lado del camino ondulado, ahí me esperaba mi papá con algunos militares.
Después de los saludos me percaté que ninguno de los presentes a excepción del
comandante, apartaban la vista de los pequeños verdes cerros que rodeaban el
camino al poblado y que todos llevaban sus armas en las manos. El único momento
en que bajaron la mirada fue para persignarse antes de partir, que curioso que todos
sean devotos, pensé.
Una vez en la base,
me di cuenta que mi estancia no sería muy cómoda que digamos. El cuarto en
donde me quedaría era de madera, con un colchón inflable y baño compartido. No había
televisión y tenía prohibidísimo ir al pueblo. Lo único que hallé para
entretenerme era un Discman con solo un CD, y era de Vicente Fernández. Debo
confesar que le tomé gusto y me aprendí todas las canciones porque las
escuchaba una y otra y otra vez, especialmente la de Adivinanza: “Yo quiero que
tú / me adivines quién es la mujer / que me mata al mirar / y su boca parece un
clavel”.
Así pasé
aproximadamente una semana, esculpiendo nubes por el día y componiendo melodías
con el grillar de la noche. Una vez se ocultaba el sol todo quedaba en paz, la luz
de las lámparas apenas y alumbraban el paisaje. Esa iluminación de luciérnagas
moribundas, permitía ver a las 23:00 horas a la sombra de un gigante que subía
por el barranco y se esfumaba al llegar a los baños. En ocasiones me ponía a pensar
en qué pasará por la mente de los soldados que están en guardia. Tienen en
frente a la oscuridad y están expectantes a la nada, son felinos al acecho de alguna
luz o del viento. Supongo esa era la razón por la que eran visitados por un
camarada extraviado que deseaban volver a su puesto. Algunas noches muchos de
los que se hallaban de guardia, eran relevados por un compañero que les
solicitaba una firma para el cambio. Aquellos que firmaban eran arrestados en
la mañana por abandonar su lugar, pese a sus juramentos sobre la realidad del
relevo y eso era porque el “Soldado de las Firmas” era etéreo.
La mitad de la base
en la que nos hallábamos daba hacía un barranco y la otra parte era plana con
salida al pueblo, justo en el centro había una lomita y ahí era el comedor. Una
noche estábamos cenando cuando un balazo sonó. Mi padre, el Coronel Tek, me
resguardó y pasé la noche en vela. Me dijo que las advertencias que cortan el
viento son letales y que era mejor me marchará. A la mañana siguiente salí a
Tuxtla, me llevé el Discman y el disco de Chente conmigo. Me sentí mal al
partir, a mis 15 años solo conocía la mirada encendida del coronel, y por primera
vez vi los ojos tristes de mi padre. Cuando somos jóvenes no logramos entender
que nuestros progenitores, no tienen el tiempo para perderse nuestros
instantes. Cada paso, caída o despegue nuestro, les dice que será de su futuro.
Así es como saben si en su momento descansarán en paz o si en pena tendrán que acompañarnos.
Una vez en Tuxtla
por fin supe el porqué de la mirada atenta hacía los verdes cerros. Resulta que
los zapatistas o personas que así se hacían llamar, pero que yo nombraré “los Supuestos”,
despojaron de sus fincas y ranchos a algunos de los habitantes del pueblo. Los afectados
manifestaban que una vez se apoderaban del terreno, tomaban lo que podían y se
marchaban dejando a la tierra asustada e infértil. Los dueños de esos sitios no
regresaban por miedo, ya que desde aquellos verdes cerros masacraron a varios policías
que viajaban en camionetas oficiales. En sí, el camino ondulado estaba lleno de
peligros, salvo aquel lugar en donde estaba la capilla de la Virgen de
Guadalupe. Ese era el único punto en donde militares, policías, pobladores y
los Supuestos hallaban tregua. De hecho, estos últimos, en cierta ocasión,
secuestraron al presidente municipal de aquel entonces, que por cierto mi papá
le rescató sano y salvo sin más daño que una herida de bala en la nalga, siempre
estuvo agradecido con él e hizo una fiesta en su honor a la que no asistimos por
temor.
Para diciembre del
año 2000, de los Supuestos ya no se escuchaba nada, y para las fiestas decembrinas,
como era nuestra tradición, decidimos ir a celebrarlas con mi padre. En la tierra
del ámbar las cosas habían cambiado, ya podíamos visitar el pueblo y la habitación
de madera se había convertido en un pequeño departamento construido con blocks.
El disco de Chente había sido reemplazado por el de Parachutes de Coldplay y caminaba
tatarateando la canción de Yellow entre verdes paisajes.
Así fue como a
finales del año mencionado por fin conocí el pueblo, y una de las razones fue porque
mi mamá, la señora Eva Durán había organizado una posada el 24 de diciembre
para las y los niños de la comunidad. La acompañé al centro de Simojovel a invitar
a quienes desearan asistir con la intención de obsequiarles dulces y juguetes. La
celebración se desarrolló en un ambiente de cordialidad y fue muy gratificante
para mi madre, pero esa misma noche le informaron a mi padre que la base
militar en Bochil había sido tomada por los Supuestos. Muchos se preguntarán
cómo sucede algo así y la respuesta es sencilla, no hallaron manera de
defenderse sin causarles algún daño físico. Así fue que los dejaron pasar para
evitarse problemas con la Comisión Civil Internacional por los Derechos
Humanos. En ocasiones eludir problemas solo produce conflictos mayores, dado que
el comandante de esa base fue juzgado y procesado por los Tribunales Militares.
Mi padre dejó la celebración y comenzó a alistarse en caso de que los Supuestos
aparecieran.
Los días siguientes
transcurrieron en paz. Un soldado que apodaba Tabasco, en uno de sus recorridos
encontró un “mico de noche” y nos lo obsequió a mis hermanas y a mí, su pelaje
era de terciopelo amarillo y convivimos con él unos días, pero mi padre ordenó
regresarlo a su hábitat el 31 de diciembre. La noche de ese día, en vísperas
del año viejo, cuando nos alistábamos para la cena, fuimos advertidos que
cruzando el barranco se acercaban tres filas: niños al frente, mujeres en medio
y hombres al final con palos y machetes. Eran los Supuestos, que pretendían tomar
la base. Las familias que ese día se hallaban en el lugar fueron resguardadas y
los militares corrieron a sus puestos. Por fin, los soldados en guardia vieron la
otra cara de la noche y poseía un fulgor peligroso.
Mi madre, hermanas
y yo, fuimos resguardados en la única construcción hecha con blocks. Las
luciérnagas fallecieron y solo escuchábamos gente agitada, botas en la tierra y
algunas oraciones. Todos se vuelven creyentes cuando ven el final cerca, esa es
una de las razones por las que las iglesias están llenas de ancianos. En este punto
ustedes se preguntarán si ocurrió lo mismo que en la base en Bochil y la
respuesta es no. El coronel Tek, junto con sus oficiales, había fabricado bombas
de chile guajillo, con las que ofuscaron el ímpetu de los Supuestos y sofocaron
sus pasos. Los que cruzaban el barranco retrocedieron y dicen que hasta la sombra
del gigante huyó con ellos. La celebración apenas y se escuchó, pero supimos que
todo estaba bien cuando la luz regreso.
Tras el suceso de
los Supuestos, a mi papá le asignaron cuatro nuevas bases ubicadas en: Benemérito
de las Américas, Tres Marías, Maravilla Tenejapa y Las Margaritas. Antes de partir,
los militares se hallaban realizando un cercado en el área que daba al
barranco, y uno de ellos descubrió una figura prehispánica de un sacerdote que
obsequió a su comandante. La tierra había premiado a mi padre.
Hoy el Coronel Tek,
nacido en Campeche en 1949, descansa en tierra chiapaneca y en su lapida se lee
un epitafio que es un fragmento de un poema de José Emilio Pacheco: “No me preguntes
cómo pasa el tiempo…/ Después renacerá la primavera,/ revivirán las flores que sembraste”.
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