Terán es una de las colonias más grandes, populares y mágicas de Tuxtla
Gutiérrez. Este lugar fue un municipio entre 1908 y 1973, pero para todos los
que estudiamos en “Humanidades Ija” (sin “H” para que se lea más “ija”) en la
primera década del nuevo milenio, la recordamos por la gran cantidad de
botaneros que hoy son un referente cultural y gastronómico de la ciudad coneja.
Durante mi estadía en la Facultad de Humanidades de la UNACH, conocí
muchos bares que eran accesibles al bolsillo de los estudiantes y que eran
frecuentados por compañeros de diversas facultades, así como alumnos de la UVM,
UVG y EBC. Quizás los más populares en ese entonces eran El Pechugas, El Gol de
Oro, La Colmena, El Colocho y El Chuti, entre otros.
En ese contexto, cuando al grupo conformado por Belén, Punki, Thomas y
yo, se sumó Carlos, nos reinventamos y dijimos adiós a los tugurios para
inaugurar “Las Avispas”. Al mediodía salíamos del salón de clases rumbo a una
tiendita de Terán por un par de caguamas. Al lado de este sitio había una
vivienda abandonada, que contaba con un pequeño espacio entre la puerta y la
calle en donde había un panal de avispas, esto en el número 440 de la 3ra.
Avenida Norte Oriente, entre lo que era el Bar Frogs y el local mencionado.
“Las Avispas” iniciaron con cinco personas y se fueron sumando más
compañeros de otros semestres, llegamos a ser más de 20 personas en ese pequeño
espacio y seguramente se preguntarán cómo evadíamos a la policía, pues muy
sencillo: la señora de la tienda decía que éramos sus sobrinos y así ganábamos
todos.
Posteriormente, con ese gran grupo de amigos descubrimos el bar La Unión
Libre e hicimos amistad con los dueños, una pareja que decidió ponerle ese
nombre debido a que después de muchos años, por fin habían consagrado su amor
en esta modalidad. Así que todos los días después de “Las Avispas”, empeñábamos
un celular por un cartón de caguamas en esta cantina que se encontraba justo en
la esquina.
Como la edad nos ha enseñado, la fiesta no siempre trae los mejores
resultados sociales, educativos y de salud. Así fue como comenzaron a haber
varias bajas estudiantiles en el grupo y quienes quedábamos descubrimos “Las
Hamacas”, un bar ubicado detrás de la Iglesia de Terán. Con 50 pesos te
alcanzaba para dos caguamas y una orden de queso Cotija, pero lo mejor era su
camarón seco en agua chile.
La historia de este lugar es que los dueños del local, al ver tanta
clientela decidieron pedirles las instalaciones y poner su propio negocio
conservando el nombre, pero sin el más mínimo éxito. Así fue como para fortuna
de “Humanidades ija”, los verdaderos creadores del conocido botanero se mudaron
a dos cuadras frente a la iglesia, cambiándole el nombre a “Las Gemelas”, fue
tanto su éxito por los buenos precios y rica botana, que abrieron varías
sucursales.
Hoy, si mi memoria no me falla, ninguno de los bares mencionados existe
y “Las Avispas” ya están habitadas, también hay climas en los salones de
Humanidades y no hay necesidad de buscar maneras para refrescarse e hidratarse.
Respecto a los amigos que me acompañaron en todos esos sitios, me da gusto
verlos bien y realizados profesionalmente en sus respectivas labores, esto
contra los pronósticos negativos del conservadurismo.
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