La falacia más grande de toda pandemia es poner en duda su
existencia. Entonces unos a otros se preguntan, por ejemplo, si entre sus
conocidos existe alguien contagiado o fallecido por Covid-19. Lo anterior a
pesar de las cifras críticas que dejan a su paso estos virus, como es el caso
de la Fiebre Española que hace 100 años cobró la vida de 300 mil compatriotas y
50 millones de personas alrededor del mundo. Asimismo, hace poco más de una década
con la gripe H1N1, se confirmaron mil 172 muertes en México y 18 mil 337 a
nivel mundial. Hoy en día con el Covid-19, nuestro país ya superó a China en el
número de pérdidas humanas, aproximándose a las seis mil defunciones y, aun así,
existen personas que dudan de la veracidad de esta enfermedad.
¿Qué tienen en común los tres virus mencionados? La respuesta
es sencilla, las medidas preventivas emitidas en el tiempo de cada uno de ellos
fueron muy similares. Del mismo modo, el surgimiento de teorías conspirativas
como hoy en día es la Red 5G o la extracción del líquido de las rodillas. Pero
hay algo en que los tres son exactamente iguales, todos hablan de ellos, pero
son pocos los que reconocen su existencia al igual que sucede con los
fantasmas.
En lo personal no conozco a nadie con Covid-19, pero sí
conocí a una mujer que falleció de la gripe H1N1. A finales del 2010 comencé a
trabajar en MetLife, eran tiempos del “¡Ya vos Migue!” y al igual que con el
coronavirus, los cubrebocas y el gel antibacterial eran comercialmente escasos.
Mi función era la atención a clientes: dar información y turnos para adquirir,
cancelar o cobrar sus seguros, así como revisar sus dividendos y fechas para
adquirirlos. Las oficinas se ubicaban en Boulevard Belisario Domínguez, justo
en frente de la Plaza Santa Elena y siempre estaba abarrotado de maestros o
burócratas. Fue mi primer trabajo y tengo que reconocer, que el sueldo era
acorde a las horas laborales.
Cierto día de enero del 2011 ocurrió algo inusual, la sala de
espera estaba completamente vacía. No había ningún López Sántiz o Sántiz López
haciendo trámites, diariamente recibíamos al menos 10 personas con esos
apellidos. Afuera hacía un poco de frío, el invierno siempre llega tarde a
Chiapas. Esa es la razón de que todos en la entidad, invitemos a las fiestas
una o dos horas antes del horario correcto. Al no haber que hacer, mi compañera
bajó a comer y me quedé solo en la recepción. Entonces, dos pequeñas ancianas
entraron y con ellas se coló un aire gélido. Una de ellas con cabello blanco y
colocho, se sentó a esperar y la otra de cabellera rubia se acercó a mí. Me
preguntó sobre su seguro, pero no tenía datos de ella en el sistema. Insistió y
me dio su tarjeta del ISSSTE para que buscara bien, pero no había nada.
Entonces se sentó y le platicó a su acompañante que en realidad no sabía en
dónde había sacado su seguro, enseguida se marcharon. Nunca olvidaré la extraña
mueca que ambas tenían, sonreían al revés. Al regresar mi compañera, encontró
la credencial de una de ellas en el sillón y se comunicó al número que ahí
aparecía para que fueran a recogerla.
Al siguiente día, el lugar estaba lleno. Incluso los clientes
decidieron hacer una fila para llevar un orden y en ella, había una mujer que
lucía nerviosa y no dejaba de mover el pie, peinándose una y otra vez. Cuando
por fin llegó al área de recepción, preguntó por la credencial olvidada y pidió
hablar con la persona que atendió a la señora.
—¡Fui yo! —dije alzando la voz debido a la bulla del lugar.
—Mírala bien, estas seguro que era ella la que vino ayer. —Me
preguntó la mujer con sus ojos sin parpados–. ¡Dime si estás seguro!
«Solo falta diga que está muerta», pensé. En la sala, todos quedaron
expectantes a mi respuesta.
—Sí, es ella y vino acompañada.
—Pero no puede ser, mi madre tiene casi un año falleció de
influenza —dijo la mujer soltando el llanto—, dejó un seguro de vida, pero
no sabemos en dónde.
Todos sentimos frio esa tarde. La hija de la señora
supuestamente fallecida, solo me pidió volver a revisar si no tenía un seguro y
se marchó agradeciendo por la credencial encontrada. En la aseguradora todos se
enteraron del tema, incluso el director me llamó para revisar el video y
enviárselo a Carlos Trejo, pero nada había sucedido. En la grabación que vimos
varias veces, jamás entran las dos ancianitas y mi compañera nunca recoge nada
del sillón. Pero la tarjeta del ISSSTE en donde aparecía la foto de la persona
que atendí, sí se halló, se reportó y se entregó.
Al llegar a mi casa le conté a mis padres lo sucedido, según
mi mamá fue un espíritu que buscaba ayuda y recurrió a mí, debido a mi nobleza.
Esto último no lo podría afirmar, pero en la noche no podía dormir temiendo a
que la señora se me apareciera. Hasta que concilié el sueño y ahí estaba ella
con su sonrisa al revés, con un mensaje indescifrable en su mirada. Cuando el
miedo cuelga de las pestañas es imposible abrir los ojos a la realidad.
@fcofelixd
No manches!! Bueno creo que a muchos nos a pasado algo paranormal
ResponderEliminarTotalmente de acuerdo
EliminarAh la madre! Que fuerte... A mí me pasó algo muy raro con mis llaves... Las perdí ocho días y haz de cuenta que de repente alguien pasó volando y la dejó caer en mis manos...
ResponderEliminarInteresante
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