La Cacharpa
Antes de que anocheciera en plena
mañana del 11 de julio de 1991 en Apizaco, Tlaxcala; necesitaba jugar por
última vez maquinitas. Los tíos habían anunciado el final de los tiempos cuando
el sol se apagase. Salí de mi casa a las 11:00 horas, con la promesa de volver a
toda prisa y derrotar a M. Bison con Ryu como hacían los vagos del barrio. Las
últimas voluntades de los niños son del tamaño de sus sueños, que a diferencia
de los adultos minimizan todo a la capacidad de sus responsabilidades.
Bajo las exhalaciones nerviosas y
frías del sol, caminaba con una cacharpa en mi mano y la perdí al pasar sobre
un montículo de arena. Literalmente se la tragó la tierra. Algunos niños al
mirarme sollozando se acercaron a ayudarme. Nadie sabía o entendía qué era una
cacharpa, pero todos escarbaban solidariamente en busca de lo desconocido. Incluso,
unas señoras se aproximaron y una me preguntó «¿Qué cosa es la cacharpa?». Así
que con zozobra le respondí «una cacharpa, es una cacharpa grande y color sol».
Escéptica, me pidió regresara a mi casa porque ya iba a iniciar el eclipse y
las brujas iluminarían el cielo.
Ahora, sólo tenía por seguro dos
cosas: La primera y Cositas no mintió, es que si veías al sol durante el
eclipse podrías quedar ciego. La segunda y era la más temida, es que mi mamá no
me iba a creer que perdí la moneda de mil pesos, que en aquel entonces sólo
conocía como cacharpa, porque así le llamaban en Culiacán de donde era recién
llegado. Seguro estaba, que diría que me la gaste en las maquinitas como en
varias ocasiones ya había pasado. Pero ese día, mi mamá se olvidó de todo. A
las 13:00 horas aproximadamente, el sol se ocultó detrás de la luna y los perros
comenzaron a aullar. Son nahuales convirtiéndose pensé, imaginaba decenas de
chuchos bípedos de color negro y ojos rojos, invocando a todos los que habitan
en la otra cara de la luna. En tanto, observaba hacía la ventana esperando ver
alguna bola de fuego. Esa es la apariencia de las brujas cuando surcan el
cielo, no lo sé de cierto pero me lo creo.
Para 1993 ya vivía en Naucalpan,
México y con el ingreso de la nueva unidad monetaria denomina “nuevo peso”, la
cacharpa se había convertido en la moneda de un peso y alcanzaba para dos
fichas de las maquinitas. Debo confesar que los verdaderos culpables de que
muchas veces descompletara lo de las tortillas o la leche, fueron Mortal
Kombat, The King of Fighters y Samurai Shodown. Me atrevo a aseverar que los
nacidos en los años ochenta, alguna vez fueron sacados del pelo o con chancla
en mano de algún negocio de maquinitas. Por cierto, décadas después me enteré que
en 1991, CAPCOM nunca vendió ninguna copia de Street Fighter II en México. Así
que todos los que lo jugamos, en realidad fue en una arcade pirata.
Nintedomanía
La era de los “64 bits” llegó y
lo más cerca que estaba de un Nintendo 64, era a través de un programa de
televisión llamado Nintendomanía. Durante 30 minutos, todos los sábados por la
mañana podía ver a Mario Bros en un mundo tridimensional. Pero lo que me hizo
rogarle a mi padre para que me obsequiará la consola, fue la salida de The
Legend of Zelda: Ocarina of Time. Este juego era y continua siendo el mejor de
toda la saga, sencillamente era mágico y por ello, muchos lo consideran el
mejor videojuego de la historia y claro que lo es.
Gracias a Gus Rodríguez,
conductor principal de Nintedomanía y fundador de la revista Club Nintendo,
descubrí la mente maestra detrás de las más grandes franquicias de Nintendo,
mismas que mantienen a la marca viva hoy en día. Me refiero a Shigeru Miyamoto,
el “padre de los videojuegos modernos” y Premio Príncipe de Asturias en el año
2012. Para resumir, puedo afirmar que todos conocemos a Mario, Zelda y Donkey
Kong. Incluso Damián, mi niño de tres años es su fan, lo conoció en Super Mario
Run a través de su iPad. Esto último, nadie lo hubiese imaginado hace un
lustro: un juego desarrollado por Nintendo fuera de su sistema.
El Nintendo 64 llegó a México en 1996
y no lo tuve en mis manos pronto. Todos los sábados después de ver
Nintendomanía, llamaba a un amigo de nombre Ramón, cosa que no agradaba mucho a
mis padres porque el cobro del teléfono era por minuto. Hablamos sobre los
nuevos lanzamientos y resulta, que un amigo suyo estaba estrenando la consola y
me invitó a jugar con ellos. Pocos entenderán la sensación que tuve al jalarle
los bigotes a Mario en Super Mario 64 o lo impactante que fue jugar Star Wars:
Shadows of the Empire.

Una tarde, acompañé a Jim y
Mariana a la Comercial Mexicana. En tanto hacían despensa, ella se detuvo en el
área de lencería y tomó un body completo de encaje blanco que puso sobre su
cuerpo. —¿Qué les parece? —Nos preguntó con una sonrisa y mientras regresaba la
prenda a su lugar dijo—. Esta muy corriente. Hoy diría que “entre más corriente
más ambiente”, pero en aquel momento…imaginen mi pensamiento.
La última vez que coincidimos fue
en el parque de diversiones “Divertido”. Ellos fueron a “Los Troncos” y yo
decidí ir a los arcades para no mojarme. Aquella tarde los perdí para siempre.
Here we go
Era el año 1998 en Tuxtla Gutiérrez,
Chiapas y el Nintendo 64 por fin había llegado a mis manos. No fue en mi cumpleaños
y tampoco en navidad. Mi papá siempre decía que él se chingaba todo el año para
que Santa Claus se parará el cuello en diciembre. Así fue como mi Grinch
personal, me dio el dinero para comprar la anhelada consola en una tienda de
videojuegos que existía en la primera avenida sur, esquina con segunda
poniente. Al salir del local, no pude evitar caminar de manera fatua por el
centro de la ciudad, esperando a que todos vieran lo que llevaba en la bolsa. En
tanto, mi mamá oraba para que no nos fueran a asaltar.
Al llegar a casa no todo fue
felicidad. No me compraron ningún juego y el que venía incluido con la consola era
uno llamado Wetrix y sí, era sumamente aburrido. Se trataba de una versión de
Tetris en 3D y tenías que acomodar las piezas en una especie de alberca. Aquí
es en donde aparece un personaje de muchas anécdotas mías, se trata de
Alejandro Vázquez, a quien conocí por un amigo en común. Lo cierto es que no
nos simpatizábamos, pero teníamos que tolerarnos por compartir amistad con
Mauricio Sánchez, un niño rubio del que siempre existió la duda de si le teñían
el cabello o no. Los tres éramos vecinos en el fraccionamiento El Valle.
Así fue como a los 13 años,
descubrí que los intereses comunes no solo generan aliados, sino también buenas
amistades. Hagamos cuentas, un videojuego costaba aproximadamente mil pesos y
en el local mencionado anteriormente, los rentaban a 15 pesos un día o 50 pesos
toda la semana, incluso también alquilaban los controles para la consola. Mis
padres me rentaban alguno de vez en cuando, pero no iban a estar pagando para
que estuviera “de pinche vicioso” dijera mi madre. Necesitaba a alguien con
quien compartir los gastos de las rentas y tenía a la persona ideal.
Alejandro era un gamer total,
pero no tenía una consola y diariamente frecuentaba negocios en donde rentaban
los videojuegos a 10 pesos la hora. Así que a él le convenía invertir lo de la
semana para jugar todo el día y a mí, me quedaba perfecto compartir la consola
para disfrutar de todos los juegos por más tiempo. Aún recuerdo que el primero
que rentamos fue Quake, lo pedí así tal cual como se lee y las chicas del local
se rieron. Desde entonces comencé a cuidar mi pronunciación del inglés y como
muchos, aprendí ese idioma jugando videojuegos. Anteriormente ninguno de ellos
venía traducido y había que pasar los niveles con diccionario inglés-español en
la mano.
Aquella época dorada, se vio
marcada por juegos como The Legend of Zelda: Ocarica of Time, Mario Kart 64,
Mario Party, Golden Eye y Super Smash Bros. La mayoría de ellos eran
multijugador y podían interactuar hasta cuatro personas a la vez.
Save Game
Antes de la séptima generación de
las consolas (Xbox 360, PlayStation 3, Wii), había que comprar tarjetas de
memoria para guardar los avances de cada videojuego. Asimismo, los controles no
vibraban y no eran inalámbricos. Eso suponía un gasto extra y muy necesario en
esta historia.
Un 24 de diciembre con Alejandro,
jugamos Rampage World Tour 12 horas continuas. La razón fue concluir el juego a
como diera lugar, porque si apagábamos la consola se perderían todos nuestros
avances. Entonces nos dimos cuenta de dos cosas, necesitábamos un
Controller Pak y un control adicional. Por lo pronto, continuaríamos
respetando una regla inviolable en el mundo gamer: si sólo hay un control, se
compartirá cada que uno pierda la vida en pantalla.
En Semana Santa de 1999,
Alejandro tuvo dos revelaciones. La primera fue que no necesitaba guardar los
viernes y sábados como su religión lo indicaba. En este punto imagino que me
convertí en una mala influencia, ya que dejó de asistir al templo por estar
jugando el Nintendo 64. La segunda, fue que entre los tuppers que había en su
casa, había uno en donde “alguien” guardaba dinero. Gracias a ese tupper color
turquesa, compramos un control adicional, un Controller Pak (guardaba
avances), un Rumble Pack (vibraba con la acción del juego) y un Expansion Pack.
Este último duplicaba la memoria RAM de la consola y era necesario para jugar The
Legend of Zelda: Majora´s Mask, Donkey Kong 64, Perfect Dark y StarCraft 64.
Lamentablemente, nuestra amistad
por un interés común, concluyó cuando a mi padre lo cambiaron de la base de
Racho Nuevo en San Cristóbal de las Casas a los Tribunales Militares en
Popotla, al norte de la Ciudad de México. No nos dijimos adiós, me había
acostumbrado a no despedirme porque era común que cambiarán a mi papá de un
estado a otro. Pero quien sí dijo adiós y a todos los fans de Nintendo nos caló
hondo, fue Rare, quien hizo para esta consola juegos como Banjo Kazooie y
Conker Bad Fur Day. Me atrevo a decir que muchos aún esperamos ver un juego de
esta empresa británica en alguna consola de Nintendo.
Game Over
De regreso al estado de México.
Mi papá tuvo a bien regalarme un Play Station One, ya saben, para no extrañar Chiapas
y mantenerme entretenido. Había llegado con una gripe que se convirtió en
bronquitis. Por las noches me ahogaba y prefería mantenerme despierto jugando
Fifa 2000, Tony Hawk’s Pro Skater y Pokémon Stadium. Todas las mañanas
despertaba con los parpados y labios inflamados, junto con mi mejor amigo de
ese entonces, el Salbutamol. Así descubrimos, que esto último era causado por
una alergia que padezco a las sulfonamidas y no a los videojuegos.
En el centro del país, estuve
solo seis meses y ahí concluí la secundaria. Un lapso en que descubrí el valor
de la amistad gracias a Karen, Sandra, Gustavo, Arturo, Sergio y Alfredo. Para
resumir ese periodo, di un salto de los Backstreet Boys a Korn. Me olvidé por
completo de los videojuegos, porque en la mente de un adolecente que se está
redescubriendo, el sexo ocupa gran parte del pensamiento.
En agosto del año 2000, ya estaba
de vuelta en Tuxtla en donde me volví adicto a la Coca-Cola. Al ir a la tienda
una noche, me encontré ahí a Alejandro y lo primero que me preguntó fue «¿ya
jugaste Resident Evil?». Así inició nuestra verdadera amistad. Ya no existía un
tupper turquesa, así que de nuestro gasto le pusimos un chip al Play Station
para que leyera juegos piratas, con lo que costaba la renta de la semana
podíamos comprar un disco en la fayuca de la quinta norte. Así jugamos y
concluimos Final Fantasy IX, Silent Hill, Metal Gear Solid y Resident Evil 1,2
y 3.

Con el tiempo, Alejandro y yo
seguimos jugando videojuegos, pero la llegada del Play Station 2, la fallida
Game Cube y la muerte prematura del Dreamcast, nos llevó a descubrir la cerveza
y dejamos de jugar. Hoy en día aún nos reunimos de vez en cuando con algunos
amigos a jugar Fifa, algún deporte debo practicar aunque sea de manera virtual.
Asimismo, en ocasiones juego con mi hijo, iniciamos con Marvel Spider-Man,
aunque creo que aún no entiende la regla de oro de “una vida y una vida” o
quizás ya puede hacerlo solo. Una noche les pones Zelda´s Lullaby para dormir y
al amanecer, ya salvan al mundo de las garras de los “Inner Demons”.
@fcofelixd
Publicado en el Diario de Chiapas en cinco entregas del 13 al 17 de enero del 2020.
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