Cróninornas: Alguna vez fui gamer / Francisco Félix Durán



La Cacharpa

Antes de que anocheciera en plena mañana del 11 de julio de 1991 en Apizaco, Tlaxcala; necesitaba jugar por última vez maquinitas. Los tíos habían anunciado el final de los tiempos cuando el sol se apagase. Salí de mi casa a las 11:00 horas, con la promesa de volver a toda prisa y derrotar a M. Bison con Ryu como hacían los vagos del barrio. Las últimas voluntades de los niños son del tamaño de sus sueños, que a diferencia de los adultos minimizan todo a la capacidad de sus responsabilidades.

Bajo las exhalaciones nerviosas y frías del sol, caminaba con una cacharpa en mi mano y la perdí al pasar sobre un montículo de arena. Literalmente se la tragó la tierra. Algunos niños al mirarme sollozando se acercaron a ayudarme. Nadie sabía o entendía qué era una cacharpa, pero todos escarbaban solidariamente en busca de lo desconocido. Incluso, unas señoras se aproximaron y una me preguntó «¿Qué cosa es la cacharpa?». Así que con zozobra le respondí «una cacharpa, es una cacharpa grande y color sol». Escéptica, me pidió regresara a mi casa porque ya iba a iniciar el eclipse y las brujas iluminarían el cielo.

Ahora, sólo tenía por seguro dos cosas: La primera y Cositas no mintió, es que si veías al sol durante el eclipse podrías quedar ciego. La segunda y era la más temida, es que mi mamá no me iba a creer que perdí la moneda de mil pesos, que en aquel entonces sólo conocía como cacharpa, porque así le llamaban en Culiacán de donde era recién llegado. Seguro estaba, que diría que me la gaste en las maquinitas como en varias ocasiones ya había pasado. Pero ese día, mi mamá se olvidó de todo. A las 13:00 horas aproximadamente, el sol se ocultó detrás de la luna y los perros comenzaron a aullar. Son nahuales convirtiéndose pensé, imaginaba decenas de chuchos bípedos de color negro y ojos rojos, invocando a todos los que habitan en la otra cara de la luna. En tanto, observaba hacía la ventana esperando ver alguna bola de fuego. Esa es la apariencia de las brujas cuando surcan el cielo, no lo sé de cierto pero me lo creo.

Para 1993 ya vivía en Naucalpan, México y con el ingreso de la nueva unidad monetaria denomina “nuevo peso”, la cacharpa se había convertido en la moneda de un peso y alcanzaba para dos fichas de las maquinitas. Debo confesar que los verdaderos culpables de que muchas veces descompletara lo de las tortillas o la leche, fueron Mortal Kombat, The King of Fighters y Samurai Shodown. Me atrevo a aseverar que los nacidos en los años ochenta, alguna vez fueron sacados del pelo o con chancla en mano de algún negocio de maquinitas. Por cierto, décadas después me enteré que en 1991, CAPCOM nunca vendió ninguna copia de Street Fighter II en México. Así que todos los que lo jugamos, en realidad fue en una arcade pirata.

Nintedomanía

La era de los “64 bits” llegó y lo más cerca que estaba de un Nintendo 64, era a través de un programa de televisión llamado Nintendomanía. Durante 30 minutos, todos los sábados por la mañana podía ver a Mario Bros en un mundo tridimensional. Pero lo que me hizo rogarle a mi padre para que me obsequiará la consola, fue la salida de The Legend of Zelda: Ocarina of Time. Este juego era y continua siendo el mejor de toda la saga, sencillamente era mágico y por ello, muchos lo consideran el mejor videojuego de la historia y claro que lo es.

Gracias a Gus Rodríguez, conductor principal de Nintedomanía y fundador de la revista Club Nintendo, descubrí la mente maestra detrás de las más grandes franquicias de Nintendo, mismas que mantienen a la marca viva hoy en día. Me refiero a Shigeru Miyamoto, el “padre de los videojuegos modernos” y Premio Príncipe de Asturias en el año 2012. Para resumir, puedo afirmar que todos conocemos a Mario, Zelda y Donkey Kong. Incluso Damián, mi niño de tres años es su fan, lo conoció en Super Mario Run a través de su iPad. Esto último, nadie lo hubiese imaginado hace un lustro: un juego desarrollado por Nintendo fuera de su sistema.

El Nintendo 64 llegó a México en 1996 y no lo tuve en mis manos pronto. Todos los sábados después de ver Nintendomanía, llamaba a un amigo de nombre Ramón, cosa que no agradaba mucho a mis padres porque el cobro del teléfono era por minuto. Hablamos sobre los nuevos lanzamientos y resulta, que un amigo suyo estaba estrenando la consola y me invitó a jugar con ellos. Pocos entenderán la sensación que tuve al jalarle los bigotes a Mario en Super Mario 64 o lo impactante que fue jugar Star Wars: Shadows of the Empire.

Este amigo de un amigo del que no recuerdo el nombre, hoy en día me recuerda mucho a Jim y su mamá a Mariana de Las Batallas en el Desierto. Vivían una situación muy acorde a la novela y con ellos aprendí, que los lujos y la discreción no evitan los murmullos de la gente. En cierta manera me identifico con Carlitos el día que Mariana cruzó las piernas y el kimono que usaba se abrió levemente, en aquel primer momento erótico para el protagonista de la novela José Emilio Pacheco.

Una tarde, acompañé a Jim y Mariana a la Comercial Mexicana. En tanto hacían despensa, ella se detuvo en el área de lencería y tomó un body completo de encaje blanco que puso sobre su cuerpo. —¿Qué les parece? —Nos preguntó con una sonrisa y mientras regresaba la prenda a su lugar dijo—. Esta muy corriente. Hoy diría que “entre más corriente más ambiente”, pero en aquel momento…imaginen mi pensamiento.

La última vez que coincidimos fue en el parque de diversiones “Divertido”. Ellos fueron a “Los Troncos” y yo decidí ir a los arcades para no mojarme. Aquella tarde los perdí para siempre.

Here we go

Era el año 1998 en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas y el Nintendo 64 por fin había llegado a mis manos. No fue en mi cumpleaños y tampoco en navidad. Mi papá siempre decía que él se chingaba todo el año para que Santa Claus se parará el cuello en diciembre. Así fue como mi Grinch personal, me dio el dinero para comprar la anhelada consola en una tienda de videojuegos que existía en la primera avenida sur, esquina con segunda poniente. Al salir del local, no pude evitar caminar de manera fatua por el centro de la ciudad, esperando a que todos vieran lo que llevaba en la bolsa. En tanto, mi mamá oraba para que no nos fueran a asaltar.

Al llegar a casa no todo fue felicidad. No me compraron ningún juego y el que venía incluido con la consola era uno llamado Wetrix y sí, era sumamente aburrido. Se trataba de una versión de Tetris en 3D y tenías que acomodar las piezas en una especie de alberca. Aquí es en donde aparece un personaje de muchas anécdotas mías, se trata de Alejandro Vázquez, a quien conocí por un amigo en común. Lo cierto es que no nos simpatizábamos, pero teníamos que tolerarnos por compartir amistad con Mauricio Sánchez, un niño rubio del que siempre existió la duda de si le teñían el cabello o no. Los tres éramos vecinos en el fraccionamiento El Valle.

Así fue como a los 13 años, descubrí que los intereses comunes no solo generan aliados, sino también buenas amistades. Hagamos cuentas, un videojuego costaba aproximadamente mil pesos y en el local mencionado anteriormente, los rentaban a 15 pesos un día o 50 pesos toda la semana, incluso también alquilaban los controles para la consola. Mis padres me rentaban alguno de vez en cuando, pero no iban a estar pagando para que estuviera “de pinche vicioso” dijera mi madre. Necesitaba a alguien con quien compartir los gastos de las rentas y tenía a la persona ideal.

Alejandro era un gamer total, pero no tenía una consola y diariamente frecuentaba negocios en donde rentaban los videojuegos a 10 pesos la hora. Así que a él le convenía invertir lo de la semana para jugar todo el día y a mí, me quedaba perfecto compartir la consola para disfrutar de todos los juegos por más tiempo. Aún recuerdo que el primero que rentamos fue Quake, lo pedí así tal cual como se lee y las chicas del local se rieron. Desde entonces comencé a cuidar mi pronunciación del inglés y como muchos, aprendí ese idioma jugando videojuegos. Anteriormente ninguno de ellos venía traducido y había que pasar los niveles con diccionario inglés-español en la mano.
Aquella época dorada, se vio marcada por juegos como The Legend of Zelda: Ocarica of Time, Mario Kart 64, Mario Party, Golden Eye y Super Smash Bros. La mayoría de ellos eran multijugador y podían interactuar hasta cuatro personas a la vez.



Save Game

Antes de la séptima generación de las consolas (Xbox 360, PlayStation 3, Wii), había que comprar tarjetas de memoria para guardar los avances de cada videojuego. Asimismo, los controles no vibraban y no eran inalámbricos. Eso suponía un gasto extra y muy necesario en esta historia.

Un 24 de diciembre con Alejandro, jugamos Rampage World Tour 12 horas continuas. La razón fue concluir el juego a como diera lugar, porque si apagábamos la consola se perderían todos nuestros avances. Entonces nos dimos cuenta de dos cosas, necesitábamos un Controller Pak y un control adicional. Por lo pronto, continuaríamos respetando una regla inviolable en el mundo gamer: si sólo hay un control, se compartirá cada que uno pierda la vida en pantalla.

En Semana Santa de 1999, Alejandro tuvo dos revelaciones. La primera fue que no necesitaba guardar los viernes y sábados como su religión lo indicaba. En este punto imagino que me convertí en una mala influencia, ya que dejó de asistir al templo por estar jugando el Nintendo 64. La segunda, fue que entre los tuppers que había en su casa, había uno en donde “alguien” guardaba dinero. Gracias a ese tupper color turquesa, compramos un control adicional, un Controller Pak (guardaba avances), un Rumble Pack (vibraba con la acción del juego) y un Expansion Pack. Este último duplicaba la memoria RAM de la consola y era necesario para jugar The Legend of Zelda: Majora´s Mask, Donkey Kong 64, Perfect Dark y StarCraft 64.

Lamentablemente, nuestra amistad por un interés común, concluyó cuando a mi padre lo cambiaron de la base de Racho Nuevo en San Cristóbal de las Casas a los Tribunales Militares en Popotla, al norte de la Ciudad de México. No nos dijimos adiós, me había acostumbrado a no despedirme porque era común que cambiarán a mi papá de un estado a otro. Pero quien sí dijo adiós y a todos los fans de Nintendo nos caló hondo, fue Rare, quien hizo para esta consola juegos como Banjo Kazooie y Conker Bad Fur Day. Me atrevo a decir que muchos aún esperamos ver un juego de esta empresa británica en alguna consola de Nintendo.

Game Over

De regreso al estado de México. Mi papá tuvo a bien regalarme un Play Station One, ya saben, para no extrañar Chiapas y mantenerme entretenido. Había llegado con una gripe que se convirtió en bronquitis. Por las noches me ahogaba y prefería mantenerme despierto jugando Fifa 2000, Tony Hawk’s Pro Skater y Pokémon Stadium. Todas las mañanas despertaba con los parpados y labios inflamados, junto con mi mejor amigo de ese entonces, el Salbutamol. Así descubrimos, que esto último era causado por una alergia que padezco a las sulfonamidas y no a los videojuegos.

En el centro del país, estuve solo seis meses y ahí concluí la secundaria. Un lapso en que descubrí el valor de la amistad gracias a Karen, Sandra, Gustavo, Arturo, Sergio y Alfredo. Para resumir ese periodo, di un salto de los Backstreet Boys a Korn. Me olvidé por completo de los videojuegos, porque en la mente de un adolecente que se está redescubriendo, el sexo ocupa gran parte del pensamiento.

En agosto del año 2000, ya estaba de vuelta en Tuxtla en donde me volví adicto a la Coca-Cola. Al ir a la tienda una noche, me encontré ahí a Alejandro y lo primero que me preguntó fue «¿ya jugaste Resident Evil?». Así inició nuestra verdadera amistad. Ya no existía un tupper turquesa, así que de nuestro gasto le pusimos un chip al Play Station para que leyera juegos piratas, con lo que costaba la renta de la semana podíamos comprar un disco en la fayuca de la quinta norte. Así jugamos y concluimos Final Fantasy IX, Silent Hill, Metal Gear Solid y Resident Evil 1,2 y 3.

En ese año, Pokémon ya era un boom mundial pero con ciertas controversias, por el caso de unos niños que sufrieron ataques epilépticos por los efectos visuales de uno de sus capítulos en Japón. Incluso yo tengo una historia relacionada con estos monstruos de bolsillo. Al partir de México, prometí volver a los XV años de una amiga con la promesa de la primera vez. Cuando la fecha llegó, mi mamá me dio el dinero para el viaje pero preferí usarlo en comprar los juegos de Pokémon Snap y The Legend of Zelda: Majora's Mask. Evidentemente como el pueblo judío y los romanos, yo tampoco sabía lo que hacía.

Con el tiempo, Alejandro y yo seguimos jugando videojuegos, pero la llegada del Play Station 2, la fallida Game Cube y la muerte prematura del Dreamcast, nos llevó a descubrir la cerveza y dejamos de jugar. Hoy en día aún nos reunimos de vez en cuando con algunos amigos a jugar Fifa, algún deporte debo practicar aunque sea de manera virtual. Asimismo, en ocasiones juego con mi hijo, iniciamos con Marvel Spider-Man, aunque creo que aún no entiende la regla de oro de “una vida y una vida” o quizás ya puede hacerlo solo. Una noche les pones Zelda´s Lullaby para dormir y al amanecer, ya salvan al mundo de las garras de los “Inner Demons”.

@fcofelixd

Publicado en el Diario de Chiapas en cinco entregas del 13 al 17 de enero del 2020.


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