Buscando un regalo de cumpleaños
para una fiesta infantil a la que asistirían mis hijos, escuché una canción que
me regresó 15 años en el tiempo. Sonaba “Dance Join” de Bakte en Plaza Sol y
rememoré aquella época cuando era un estudiante del COBACH 01 en Tuxtla
Gutiérrez. Al día de hoy solo tres cosas han cambiado respecto a esa escuela:
primero, el uniforme era verde pistache y ahora es blanco; segundo, hoy todos
los salones cuentan con “minisplits” y anteriormente existían unos ventiladores
que amenazaban con caer; y tercero, lamentablemente la música banda se volvió muy
popular entre su alumnado. Mi generación supo disfrutar del reggae y el ska
cuando fue su apogeo en México y muchas agrupaciones de esos géneros llegaron a
Chiapas.
De aquella generación aún conservo
algunas amistades entrañables y una de ellas es Julio Grimaldo, quien es un
excelente ilustrador hoy en día. Un viernes al salir de clases me dijo «Vamos a
San Cristóbal ¿Te la rifas?», a lo que respondí que sí. Para los que no
entienden el término “rifarse”, significa irse como sea y con lo que tengas en
los bolsillos. Por ello esta Cróninorna trata de un pequeño viaje y de cómo Jah
siempre provee.

Así fue como Julio, su primo
Aarón y yo, partimos a San Cristóbal de las Casas. Para los que no conocen esta
ciudad multicultural, deben saber qué hace mucho frío y que diariamente es
transitada por personas de diversas nacionalidades, además de ser habitada por
tzotziles y tzeltales. Solo ahí podemos hallar ojos de avellana, de menta
azucarada, de limón dulce y de chocolate al sol. Y hace muchos años antes del
“sexenio de la música banda”, pude asistir a conciertos de grupos como Los
Pericos, Jarabe de Palo, Sekta Core, Gondwana, Panteón Rococó, El Gran
Silencio, entre otros. Incluso cuentan que Manu Chao se aventó algunos
palomazos en algunos bares locales, cuando pasó por ahí para asistir a un
concierto que ofreció a los Zapatistas en La Realidad.
Ya en el hoy denominado Pueblo
Mágico, fuimos directamente al “Blue”. Bailamos y cantamos el himno de la
ciudad a cargo de Antidoping: “San Cristóbal la vibra positiva...”. (Quien no
haya leído lo anterior cantando, absténganse de continuar con la lectura). Y
justo ahí fue que el verdadero viaje inició. En el bar conocí a una chica belga
que hablaba francés. En un inicio no nos entendíamos en absoluto pero conforme
avanzó la noche descubrimos que las pestañas sirven de alfabeto si sabes
asentir con la mirada. Para cuando la negra lavaba la ropa, los chicos ya
tenían lo que necesitaban para volar y escape con ella al sitio en donde se
hospedaba. Caminamos en absoluto silencio por los gélidos andadores de la
ciudad, mi respiración delataba el frio que sentía hasta que me abrigó con su
mano y me hizo señas de habíamos llegado. Aunque ella no conocía las calles su
olfato la condujo al lugar correcto, se trataba de la posada “El Camello” y
siempre olía a marihuana.
Una vez dentro de su habitación e
iluminados por un foco de 60 watts, quedé estupefacto con sus ojos verdes y mis
pestañas se desplomaron ante la acuarela amarilla de su cabello. Lo cierto es
que en la oscuridad, todos somos cazadores
al acecho pero a la luz sólo somos conejos asustados. En ese momento lo único
que se me ocurrió fue ir por alcohol. La razón era sencilla y la explica mejor
Charles Bukowski: “Si algo malo pasa, bebes para intentar olvidar; si algo bueno
pasa, bebes para celebrar; y si nada pasa, bebes para que algo pase”. Así que
fui por unas chelas, confiado en que algo pasaría, pero lo único que sucedió
fue que me perdí de la noche más “belga” de mi vida hasta entonces. Al volver a
la posada ya no me permitieron el acceso porque no era huésped y no tenía idea
del nombre de la chica o el número de habitación en donde se hallaba. Sólo,
ebrio y devastado, partí hacía “El Circo” en donde me esperaban mis amigos.
Era aproximadamente la una de la
mañana y caminaba por los andadores que rebosaban de gente. La humedad de las
calles te permitía ver la luna a tus pies. En mi camino me hallé con una mujer
usando un chal muy colorido y el “Tsekil”. Cruzamos nuestros pasos y al darle
la espalda me escupió los pies y salió corriendo. En el momento pensé que me
había maldecido, pero un amigo sociólogo me explicó que en los pueblos
originarios hacen eso para no “echarte ojo”, así que supongo me sentí halagado.
Una vez que llegué a “El Circo”
me percaté que se había unido una persona más al grupo, se llamaba Daniel y
todos cumplimos con el objetivo, ponernos la peda de nuestras vidas. Al sonido
de Bakte, bailando y con las manos arriba pasamos una noche excelente. Nunca
entendí por qué ese grupo no trascendió. Una vez concluida la tocada,
comenzaron a levantar las sillas y estaban por cerrar el lugar. Apenas eran las
tres de la mañana y ya estábamos apostados afuera del bar esperando a que
escampara para dirigirnos a la OCC. Solo había un pequeño detalle que olvidé
mencionar, ese día estaba resfriado y la temperatura bajo cero literalmente me
estaba matando. No dejaba de temblar y en mis labios se comenzó a formar una
costra. Mis amigos se preocuparon, Julio y Aarón comenzaron a discutir sobre ir
a pasar la noche con sus tíos. En tanto yo, solo observaba el viento. Muchos
dirán que eso es imposible pero cuando llueve es fácil verlo correr y saltar, incluso
se burló de mí y me escupió en la cara. Todo viene del viento y el viento lo dibuja
todo.
Desperté y me encontraba
totalmente abrigado, mis amigos jugaban “Súper Mario Bros” en un Nintendo. Volví
a cerrar los ojos y me cobijé de nuevo, el frío había pasado. Nos hallábamos en
casa de los tíos mencionados, nuestro plan infalible falló. Ya con un lugar en
donde dormir y comer, decidimos quedarnos una noche más y a falta de dinero con
20 pesos compramos dos litros de “pox” para pasar la tarde. Esta bebida que es
un destilado de maíz, lo usaban los mayas para lograr una conexión entre
nuestro mundo y el de los espíritus. Cada sorbo cumple con un propósito, desde curar
males físicos, hasta mentales y espirituales. Lo anterior lo sé de cierto, pero
no podría aseverar a los cuántos sorbos curé mis dolencias porqué perdí la
cuenta. Eso sí, la felicidad vino a mí y no volví a sentir frío.
Por la noche en el billar de unos
conocidos al momento de ir al baño, le cedí el paso a un sujeto que me imploró
lo hiciera. Cuando me tocó entrar, al salir me estaba esperando y me dijo que
deseaba agradecerme. Me preguntó con quién estaba y se acercó a mis amigos. Les
comentó que por haber sido yo un buen samaritano, nos invitaba a celebrar la
noche con él y que todo correría por su cuenta. «Así somos en Nicaragua, bien
buena onda y agradecidos», repetía una y otra vez. Al salir del billar nos
dijeron que tuvimos mucha suerte de hallarnos con “El Paga”, así apodaban al
nuevo integrante de nuestro grupo.
La primer parada que hicimos fue en
el bar “Revolución”, una banda local tocó el concierto completo de “Radio Bemba
Sound System” de Manu Chao. Cuando tocaron “Welcome to Tijuana” el suelo vibró
y todos lo hicimos también, haciendo un ritual en donde expiabas tus faltas con
el sudor generado al bailar. Ahí nadie era marihuano, borracho, inmoral, freaky
o extranjero. Solo éramos personas felices en comunión. Debo confesar que mis
amigos y yo siempre quisimos ir a Tijuana para vivir la canción, pero lamentablemente
el narcotráfico convirtió a esa ciudad en una de las más peligrosas del país.
Concluida la tocada nos dirigimos
a “El Circo” para escuchar a Bakte de nuevo y ahora sí, íbamos “para arriba y
hasta arriba”. La noche concluyó como ya imaginan, la misión inicial fue
perfectamente cumplida. En la madruga regresamos a la casa de los tíos de Julio
y Aarón, a excepción de “El Paga”. Esa fue la última vez que lo vi y nos dejó
un buen sabor de lo que podría ser Nicaragua. Al despertar desayunamos con la
familia de mis amigos y fuimos a ver a mi papá quien no sabía estaba en la
ciudad, ya no queríamos pedir “ride” y solo queríamos regresar a nuestras casas
a descansar. El Coronel Tek, era el Segundo Comandante del Batallón de
Infantería de Rancho Nuevo. Le dio gusto nuestra visita, comimos con él y
conseguí me diera dinero para hacerme unos “dreadlocks” que nunca me hice.
Caída la tarde partimos hacía Tuxtla a excepción de Daniel, él se quedó y jamás
lo volvimos a ver. Y no, no volví a encontrarme con la chica belga, les
recuerdo que esto no es una comedia romántica. Supongo que eso es San
Cristóbal, una serie de encuentros y anécdotas al igual que la amistad.
@fcofelixd
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