Se me
perdió mi ipod y es como si se me hubiera muerto una novia.
René Morales Hernández
Una llamada al celular interrumpió la lectura de un libro de
Pelé en una librería de viejo en Donceles en la ciudad de México. Había sido
invitado por Antonio Salinas al Primer Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes
de Acapulco junto con Fabián Rivera en 2008. El número iniciaba con el populoso
55 del D.F., respondí. Una voz delgada me saludó amablemente (sabía que estaba
en la ciudad haciendo escala para el viaje al puerto), la voz nos invitaba a
cenar. Era René. Fue la primera vez que hablaba con él y dijo que pasaría por
nosotros para invitarnos a su casa para platicar y tomar trago. Fabián y yo,
convencidos, nos emocionamos, cerré el libro de Pelé y salimos de la librería.
A las dos horas siguientes, el mismo número asomó en la pantalla de mi celular.
Y René, angustiado nos pedía disculpas pues había tenido un problema con la
que, en ese entonces era su novia y no podría conocernos. Con la noticia,
acompañamos entonces a Juan Carlos Cabrera Pons, en la parte trasera de un
Torton, a recoger una sala de tres piezas que la poeta Roxana Elvridge-thomas
le había regalado para su nuevo departamento en el Ajusco. No conocimos a René
pero sí bebimos trago.
Quedé esperanzado en conocerlo en mi breve estadía en la ciudad de México. No
tuve la oportunidad. Meses más tarde, en una invitación por Iván Cruz Osorio
para asistir al Encuentro de Escritores Mar de Vértigos, viajamos el mismo
Fabián y yo para encontrarnos con nuevos amigos como Luis Paniagua, Alberto
Trejo, Benjamin Morales y Balam Rodrigo. Atravesamos la ciudad casi a media
noche, corrimos para no perder el metro, ni Fabián ni yo sabíamos a dónde nos
dirigíamos. Benjamín nos recogería a la salida del metro en su coche y nos
llevaría a los edificios del Centro Urbano Presidente Alemán, en la colonia del
Valle. Al llegar, el elevador estaba sin funciones y tuvimos que subir
alrededor de 11 pisos de la torre “A”. La puerta del departamento 404 se abrió
y un sujeto sombrío y sonriente nos recibió con caguama en mano mientras se
volaba el cabello hacia atrás con la otra mano. Era René, René Morales.
Ya lo había visto. Ya sabía quién era. Tanto me habían hablado de él que en un
chispazo de luz en la memoria, recuerdo a un René preparatoriano, sentado en
las escaleras del edificio A de la Salazar Narváez leyendo sendos tomos de
algún autor checo. Era él, no había cambiado nada.
Jugaba Ajedrez con Alberto Trejo. Un sillón al fondo, una mesa, un estéreo y un
rimero de libros decoraban la estancia. Una especie de habitación que por
puerta tenía una colcha de lana servía para descanso de uno, dos, tres, cuatro,
no sé cuántos fulanos y fulanas que dormían, mientras nosotros, los 7 que
éramos tomábamos cerveza y René nos platicaba de un libro bellísimo que había
adquirido en una feria de libro sobre pornografía.
Amanecimos y la osadía, otra vez, se repetía de vuelta a la terminal para
emprender el viaje a Acapulco.
- Cuando me hablaban de Fernando Trejo yo lo hacía un tipo alto, fornido, con
una voz potente.- me dijo René mientras desayunábamos en el puerto. Siento
desilusionarte, hermano, pensé. René leía a Borges. “Es que estoy releyendo
toda su obra, me parece genial” apuntó. Y noté la manera peculiar en que René
subraya un verso, algún fragmento, alguna cita. A falta de marcatexto, con una
pluma abre y cierra los corchetes para señalar, ahí, lo que a él le ha
maravillado más que a otros. A partir de ese momento, cada cita, verso o
fragmento que me gusta ha sido "corcheteado". Así le demuestro a René
una de muchas experiencias que, a la larga, le he ido aprendiendo.
Leí "Espacio en disidencia" (Praxis, México, 2005), donde reúne la
voz de un grupo de amigos de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM:
Rafael Mondragón, Luis Paniagua, Alberto Trejo, Iván Cruz Osorio, Luis
Téllez-Tejeda (Pávido Návido), Leopoldo Lezama y René Morales. Hernán Lavín
Cerda y Saúl Ibargoyen, en el prólogo, anuncian una nueva generación y entre
ellos, a un poeta chiapaneco: el propio René.
Su obra, toda, es el ejercicio de su vida misma. He conocido a René, desde
aquella llamada, no sólo en su casa literaria, sino en su formación como ser
humano. René es siempre el mismo. La poesía, su poesía nos habla de él y
pareciera que al leerlo nos estuviera hablando. Es un hombre que atrae y
representa lo que es, leerlo es conocerlo, indagar su lado más sensible (que de
por sí es un hombre sensible y advertido a la capacidad de asombro que le
caracteriza).
Una noche, justo un 19 de noviembre, celebrábamos encontrarnos en casa de
Marcela Ruiseñor. Bebimos. Bebimos una cantidad enorme de cervezas. El amor,
para esas fechas, era una caja de zapatos sin timbres postales y le pedí me
acompañara a ver a quien ahora es la madre de mi hijo. Me acompañó, ella no
salió. Decidimos regresar. Una patrulla nos detuvo, nos bajaron y dejaron a
René y a mi primo en una banqueta frente al reloj floral a las 5 de la mañana.
Horas más tarde, sin saber cómo, desde la patrulla que extorsionaba a mis
padres desde un celular, apareció, de pronto, un René lúcido, que alzaba los
hombros y mostraba las palmas de su mano como diciendo “¿qué pedo, wey, por qué
nos están haciendo esto?”. Y supe, ahí, que su presencia es y será inmaculada,
digna de un altar.
"La línea blanca" (Public Pervert, México, 2013) es un libro de 57
páginas que reúne un cúmulo de poemas que se leen en 20 minutos. Resume la
muerte de más de 40 mil personas y les da voz. El libro, en su contenido, en su
formación fue una tarea de varios años. A eso se dedica, es un autor que
interviene en su trabajo de la forma más original y atrevida, investiga, cuestiona,
se atreve, pues. Quien escribe sobre putas y no ha besado a una, entonces está
mintiendo. No digo que René tenga que ser un adicto o un narcomenudista para
afrontar el reto de escribir una línea de "La línea blanca" pero sí
tener esa perspicacia como la de un buen periodista que analiza, investiga,
está en medio de la bala. Y René lo hace, lo ha sufrido, lo ha añorado. Le
consterna la situación y la toma para hacerla suya y escribir en carne viva las
notas del fin del mundo. Porque estos textos podrían ser homónimos de aquellas
"Notas sobre el fin del mundo".
La poesía de René Morales siempre me ha señalado un lugar, un sitio, que, como
una cortina de humo, se deja ver a lo lejos: Centroamérica. Y con Centroamérica
la marginalidad, la desdicha, la vida fácil, dura. Su voz se ensaña en denostar
la inquietud de un pueblo que ha sido víctima de su propio pueblo. El pueblo
contra el pueblo: la guerrilla, la migración, la enfermedad y la muerte. Esta
vez le toca a México y nos deletrea, paso por paso, como en una tesis, cómo
hemos evolucionado ante la muerte, tal como en "Radiografías"
(Catafixia Editorial / Toma 4, Guatemala, 2010) libro que está conformado en 3
partes y que protagonizan 6 ciudades: D.F., Sao Paulo, Guayaquil, San Salvador,
Santiago de Chile y Tuxtla Gutiérrez, donde nos dicta el recorrido y de igual
forma nos involucra para sentirnos ahí, con él. Su voz, yo puedo decir que se
reconoce en cualquier parte del globo. Leerlo es saber encontrarlo, lo
identificamos. Lo más difícil para un escritor es encontrar su propia voz y
René, desde su primer libro, la tiene. En "Bestiario del perro"
(Literal, México, 2009), libro editado por Jocelyn Pantoja que por muchos
amigos califican como el mejor de René, nos habla sobre la desolación que existe
en las grandes ciudades, sobre todo, con los ojos con que él va las cosas y
cómo las afronta.
Justo entonces en "La línea blanca" René hace toda una investigación
sobre los acontecimientos más justiciados que alberga el polvo mágico. El mundo
ya no gira alrededor del sexo sino de la cocaína, el tráfico, el narcotráfico.
Y René aborda este tema, justificado y analizado críticamente desde su poesía:
una poesía social. Porque en estos días la poesía es ya un "trending
topic" en la sociedad virtual y todos escribimos el anuncio de un verso en
el muro de facebook. Contrario a esto René es una persona que dentro de su
círculo habitual narra y subraya la revelación fidedigna, actual y severa desde
su poesía. Para algo que sirva la poesía. Con esto hago una paráfrasis de lo
que el poeta Balam Rodrigo me dijo un día: "la poesía en Chiapas tendría
que ser la crónica del pueblo, de nuestra sociedad, narrar lo que acontece y
sucede a través del ejercicio poético".
Y justo eso es lo que hace René: pareciera que estuviéramos a la espera de su
más reciente libro como si se tratase de nuestra favorita banda de rock en la
espera de su disco.
El jueves 3 de julio de 2008 lo publiqué en el blog de PoéticArbitraria con una
serie de textos inéditos y de su libro (en ese momento en proceso)
"Bestiario del perro". Le solicité una poética como requisito y para
entender lo que asume el joven René como escritor, como poeta.
Aquí la extraigo:
“En realidad es muy difícil hablar de este tema, pero a mi muy limitado
entender, creo que una de las frases que más me han marcado en lo referente a
una poética es un verso de Arhur Rimbaud que dice: “Je suis autre” ("Yo es
Otro"), así que a grandes rasgos, puedo decir que escribo porque sé que
hay alguien más, porque sé que al otro también le duele la muela del mismo modo
que a mí, porque sé que odia, que se enamora y se desenamora de la misma forma,
escribo para otro que soy yo, repitiendo infinitamente lo que otros ya han
hecho conmigo”.
Aquí el claro ejemplo. René escribe lo que desea escribir, porque ama, odia, se
enamora y desenamora de igual forma. No hay tapancos sobre su cabeza, no hay
reglas ni estereotipos. Lo que un escritor debía de hacer. Dejar a un lado los
lentes oscuros y escribir, como el propio René, sin los delirios de etiqueta que
a todos, en su momento, nos ha pasado por la nariz como un hilo invisible de la
fragancia más pura.
René no titubea al pregonar lo sucedido en nuestro país. Nos exhorta desde el
principio al decirnos que en México todo es posible, que hay muertos que hablan
a través del viento y que este libro habla sobre un país que sangra.
A modo de plegaria el poeta René Morales, con este libro, también sangra.
Leamos a René.
Fernando Trejo
Barrio La Pimienta
26 de octubre de 2013
Texto leído en la Galería Rodolfo Disner en la presentación del libro "La
línea blanca" de René Morales.
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