Si no comprendes algo, no lo
critiques, no lo difames, no lo abuchees.
Una vez me contaste que habías
leído a uno de los grandes, que habías escuchado a una eminencia, que habías
observado la pintura de un artista, y dijiste despreocupadamente que era una
porquería…
Yo me quedé callada a primera
instancia; algo en mí había sentido ganas de arrancarte la infame lengua, de
esculcar tus sesos incultos y acabar con su escasa existencia. ¡¿Cómo
era posible que dijeras eso de losmás grandes?!
-¡Qué ignorante eres!- exclamé
indignada.
Después empecé a
cuestionarte y a escudriñar tus rincones para que me dieras las razones que no
tenías para decir que todo eso era una porquería. Tú te molestaste y
te diste la media vuelta, porque te viste acorralado por una de mis preguntas
que no supiste contestar. Sólo me dijiste –de manera grosera- , que no te
gustaban esas cosas porque no las entendías.
-¡Pero por supuesto que no lo
entiendes! las mejores cosas no las puede comprender cualquiera. -
Inmediatamente después de que te
indignaste y me dejaste sólo conmigo, corrí a buscar en mis lugares
todo aquello a lo que recién habías criticado tan erróneamente; leí y
releí sus versos, escuché todas sus composiciones, repasé todas las imágenes
que tenía de sus pinturas, tratando de encontrarles la “porquería”, y al no
hallársela, te empecé a difamar a ti. Te maldije no sé cuántas veces. Te llamé
idiota, y para mí, bien merecido lo tenías. Luego me cansé y me quedé en
silencio tanto en voz como en mente.
Pasaron algunas horas más de que
te fuiste y de que me fui yo también. Apenas puedo decir que me quedé yo sola
frente al espejo y que la habitación en la que estaba –si existía-, a mí me
parecía vacía –no lo estaba-. La voz a la que le llamamos mente comenzó a
unir retazos. Las palabras que te dije de pronto no tenían sentido, no en mi
boca. “No le puedes pedir a un pozo seco que te de agua “. Yo no
te conozco del todo, ni quise entender tus motivos, y aun así te había juzgado.
Te había dicho que si no comprendes algo, lo mejor es que no digas nada, que el
que queda mal no es el "algo", que el que carece de criterio no es el
"algo", eres tú.
Y bueno… después regresaste y yo
seguí con la vista fija en el espejo.
-Es muy fácil hablar- me
dije.
-Yo tengo una mirada diferente a
la tuya- dijiste. –He tenido una vida distinta a la tuya, y no he
vivido ni pensado lo mismo que tú has vivido o pensado- Continuaste
terminantemente. -¿No carecen entonces de sentido tus palabras?
-Igual que las tuyas.
-¿No eres tú la que juzga?
-Igual que tú
Seguí un rato discutiendo
contigo, cuando el transcurso del reloj me hizo voltear hacia otro lado.
Hubiera seguido discutiendo, pero cuando volteé ya no estabas. Entonces me di
cuenta de que todo el tiempo que estuve alegando, no había sido contigo; que no
habías vuelto ese día desde que te eché en cara tu ignorancia. Que ese espejo
frente al que estaba yo sentada nunca reflejó en la habitación a otra persona.
Que la que estaba mal no era el “algo”. Era yo.
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