¡Todos podemos ser dealers!

Alejandro Valdovinos


A finales del 2011, a sus 19 años, Alfonso decidió partir a Tuxtla Gutiérrez con la intención de terminar sus estudios. Originario de Juchitán Oaxaca, era un tipo común y corriente. Sin antecedentes penales, sin antecedentes de violencia.

Cuentan sus conocidos que Alfonso siempre tenía una anécdota, pero sobre todo sabía escuchar. Valiéndose del apoyo económico que sus padres le enviaban mensualmente, alquiló un departamento en la ciudad, cerca de la zona hotelera.

¿Cómo llego a esto? ¿Cuándo se convirtió en dealer?

Tanto el manto de la libertad que abrazó su condición de soltero y como la falta de otra autoridad más que la propia, fueron detonantes, escenarios perfectos para las decenas de reuniones que se llevaban a cabo en su departamento a lo largo de casi un año.

Sin saberlo, Alfonso se vio involucrado en una red inmensa de drogas. Su casa era el punto de encuentro para tantos adolescentes que diariamente llegaban para poder libremente beber o fumar marihuana, sin tapujos.

Un día, después de varias confrontaciones con sus padres por las malas calificaciones que presentaba, decidieron cortarle la ayuda y dejarlo a su suerte para que abogara por sí mismo y “aprendiera la lección”.

La falta de recursos para pagar el alquiler y sobrevivir, de la mano con su poca experiencia para trabajar, le hizo pensar en la notable demanda que las drogas tenían entre sus conocidos.

“Todos podemos ser dealers, sólo hay que ser discretos”, comentó alguna vez Alfonso, mientras sostenía una conversación con su “pequeño” círculo de amistades, mismos a los que comenzó a distribuir sin límite de compra y casi siempre a “precio de cuates”: “dulces” y yerba.

Parecía sencillo, todo quedaba entre amigos, sólo a ellos les vendería. ¿Por qué no hacerlo, si estaba tan al alcance de sus manos? Así su economía se mantuvo estable y las reuniones no cesaron, su popularidad aumentó y así pasó de la venta de marihuana a las drogas químicas.  La discreción se tornó en un “no pasa nada”, que le duraría muy poco tiempo.

Era un sábado por la tarde cuando a través de una denuncia anónima ciudadana, Alfonso fue detenido por elementos de la Policía Especializada y personal de la SSyPC y SSPM, mientras daba un paseo sobre el bulevar Belisario Domínguez.

Cuando fue asegurado llevaba en sus bolsas 14 gramos de cocaína y  20 tachas, y fue consignado a las autoridades, acusado de narcomenudeo. 

Pero Alfonso no es el único que ha dejado atrás su vida cómoda para ir a prisión. Cada año, cientos de adolescentes y adultos jóvenes son detenidos por el mismo delito.

Hombres y mujeres, de todas las clases sociales, malos o buenos, nadie escapa de un final que no es para nada feliz, cuando decide entrar a las redes del narcomenudeo y de lo ilícito, buscando impunidad, y sobre todo cuando la ambición o la falta de información llevan a cometer errores irrevertibles.

Las condenas por este delito oscilan de los 15 hasta los 30 años en prisión, según policías judiciales de la Procuraduría Capitalina. ¿Pero cuál es la línea que divide a un consumidor de un narcomenudista? Vender, sólo al encierro, a mantener los ojos entre barrotes y sombra.

Decenas de jóvenes caen en las redes del narcomenudeo al ver que es un modo fácil de ganarse unos cuantos pesos. Lo que no cuentan es que la suerte o el lapsus de goce es corto comparado con lo que le espera a quien violenta las leyes de esa forma. 

No se equivocan los jóvenes que se introducen al negocio de lo ilícito cuando dicen que “todos podemos ser dealers”, pero ¿a costa de qué?


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